El narcisista
"Puedo hablar con quien sea. No puedo hablar contigo"
El humo llenaba la habitación. Su danza se extendía hacia el techo e impregnaba el ambiente, como si quisieras crear algo que te nuble los sentidos. Recuerdo el vaso reposando sobre la mesa de madera. Cuando fuiste al baño, corrí a robar un sorbo y acabé sorprendida de lo mal que sabía tu Cocacola. Una travesura perfecta con resultados decepcionantes.
La televisión se dejaba oír a un volumen muy alto, insoportable. Te pregunté si estabas sordo, o tal vez solo era un pensamiento, porque no recuerdo tu respuesta. Hoy pienso que sí estabas sordo. Sigues estándolo.
A veces me mirabas desde ese gran sillón de cuero negro, en el cual moría por sentarme, y sonreías como si yo fuera el animal más curioso que hubieras visto en tu vida. Un experimento singular, pero agradable a tu vista. Tu otro yo.
Si aparecía mucho soltabas un comentario que me hacía reír, alguna pregunta capciosa. Incluso intentabas explicarme lo que estabas viendo. Me caías bien.
En aquel entonces no me percaté de nada. Era tan normal verte así, con tus nubes y tus vasos. Con tu mirada absorta en la televisión.
Creo que no querías estar ahí.
En verdad, nunca quieres estar en ninguna parte.
Cada vez era más común encontrarte en la habitación más pequeña de la casa, esa que daba miedo. Según yo, era la pieza del fantasma y las arañas. No entendía por qué te quedabas ahí, cuando la otra era más grande y cómoda. Al menos podía usar más seguido tu mi sillón favorito.
A veces escuchaba ruidos por la noche. Música fuerte, voces de personas desconocidas. Yo no podía salir.
Un año más tarde entendí lo que estaba pasando. Me dijiste que emprenderías un viaje en barco que duraría mil años. Las papas fritas que compraste ese día fueron las peores que he comido nunca. Sé que no recuerdas haberme dicho eso.
Incluso escuchando esa mentira, capté el mensaje real: te irías y no pretendías volver. Y yo tendría que aceptarlo.
Para bien y para mal, no fue así.
Ella forzaba nuestras reuniones. Quería que mantuviera mi vínculo contigo. Quería que me quisieras. Pero tú me enseñaste que el amor es algo que no se debe forzar, ni siquiera cuando compartes sangre.
Aun recuerdo ese día de verano. La cabaña cerca de la playa, el olor a asado, la puesta de sol colándose entre los árboles, tu amigo borracho intentando entretenerme, su hija (una niña preciosa de ojos azules) tan confundida como yo. Lo peor no fue la música rompiéndome los oídos ni tu estado al caer la noche, ni siquiera fue el deseo de reventarte una botella en la cabeza. Fue la angustia de no saber dónde estaba ni cómo irme de ahí.
Ese día aprendí que es muy fácil atrapar a un niño.
No hablé en una semana y no te vi en mucho más tiempo.
Pero ahí estaba ella, forzando conexiones. Anhelando que tú me amaras tanto como ella me amaba a mí.
La adolescencia es un despertar doloroso, pero es un despertar a fin de cuentas. Nuestros encuentros se convirtieron en peleas constantes, en cuchillos hechos de palabras y decepciones que atormentaron durante años mi corazón. Cada vez que me prometía romper relación, ella intervenía. Usaba la culpa en mi contra. Mi silencio te hacía sentir cómodo, así que aprendí a callar las cosas importantes. A solapar mi sentir.
No sabía si quería agradarte o si me enseñaron que debía querer agradarte. Seguro era una mezcla de ambas.
Pensé que mi enemigo era el alcohol. Los vasos de Cocacola con mal sabor te transformaban en un monstruo, así que te pedí en varias ocasiones que no los tomaras al frente de mí, que hicieras una excepción y me dieras por un par de horas la parte tuya que me caía bien. Pero siempre fuiste más astuto. Escogiste arruinar tus sentidos antes de que yo pudiera necesitarlos.
Mi mente aún bloquea la mayoría de nuestras conversaciones, cuyos fragmentos conservo como las piezas de un rompecabezas que no quiero armar.
Crecí llena de rabia, pero también muy complaciente. Como no podía agradarte, tenía la tendencia enfermiza de agradarle al mundo entero. El rechazo era motivo para obsesionarme, porque era todo lo que conocía de ti. Seguir esos rastros me llevó a encontrar otros monstruos, a quienes les permití sacar las sobras que dejaste. De pronto, no quedó nada.
Solo la rabia, quemándome desde adentro.
Y el fuego es bueno.
Quita los velos, esclarece. Es luz, después de todo.
Te vi regresando al ciclo interminable de recaídas y promesas fallidas.
Te vi dolido por mis silencios, pero aun sin querer escuchar.
Te vi mirándome como una extensión tuya, un simple objeto a tu disposición, diciéndome que lo estaba haciendo bien, pero nunca tan bien como tú.
No era el alcohol. Nunca fue el alcohol.


No sé qué me duele más, si la conexión con una situación así, la rabia y la impotencia o lo íntimo que se siente leer algo así, como mirar algo secreto a través de la rendija de una puerta, y aún más triste es esa parte de la historia de procesar o reconocer o darse cuenta de ciertas cosas de una forma que no debería de ser.
Me dolió muchisimo, abrazo a la pequeña que tuvo que pelear con esos demonios que no le correspondían.